Hay cosas que tenemos incorporadas a nuestra vida cotidiana; las creemos muy naturales cuando no lo son tanto, o simplemente olvidamos todo aquello que nos es menester agradecer a Dios. Nuestro país está lejos de tener todos sus problemas resueltos –más bien todo lo contrario – e incluso en los barrios más céntricos de la Capital tenemos pibes con desnutrición infantil, familias deshechas por la falta de trabajo , jóvenes minados por las drogas y el alcohol...Pero preferimos no ver estas amargas realidades, negarlas, o simplemente ignorarlas. La aparente paz en la que vivimos nos impide reconocerlas a simple vista , aunque a diario tropecemos con cartoneros, chicos que piden o personas de todas las edades durmiendo a la intemperie en días de frío imposible de soportar, pero son cosas que, a pesar de nuestra indiferencia real o fingida, existen.
Sin embargo, hay lugares en el mundo donde las realidades ingratas golpean duro en el rostro y no hay sino que mirarlas de frente . Me refiero a países o regiones donde la guerra o las luchas fratricidas cambian la vida de quienes allí viven y no precisamente para bien. Los chicos dejan de poder ir a la escuela, las cosechas se pierden, las aldeas deben ser evacuadas, el pan falta, y la gente muere...En una región asolada por la guerra civil,precisamente, en los tempranos años 80’, vivía Nelson Vallejos. Su Nicaragua, aquella Nicaragua desde donde tan noblemente compusiera sus poemas llenos de cariño por la Argentina el vate Rubén Darío, la dulce Nicaragua de las canciones de Camilo Zapata, del pinol y los volcanes, estaba dividida en dos bandos irreconciliables que hacían hablar a sus pasiones e intereses por medio del fusil y los bombardeos. Mientras en otras partes del mundo, no faltaba quien apoyara a los Sandinistas o a los Contras, enzarzándose en violentísimas discusiones que sin embargo, dejaban de lado el sufrimiento real de los nicaragüenses de carne y hueso, quienes veían sus hogares destruidos, sus familiares asesinados , la escolaridad de sus hijos interrumpida , su vida en fin, hecha pedazos....Nelson Vallejos fue uno de los chicos Nicaragüenses, - “chavalos”, como los llaman por esos lindos pagos – que por un tiempo, no pudo asistir a clases , y debió en cambio, ayudar a sus mayores en sus tareas agrícolas. Asentado temporariamente en una región cercana a la frontera con la República de Honduras , desde allí, aliviaba sus pesares sintonizando una señal de país vecino, para disfrutar, a veces en forma fragmentaria, de una hora de solaz, viendo junto a su hermana, “Señorita Maestra”. Imaginaba, por un instante, que él era Cirilo Tamayo suspirando por Etelvina, o que un compañero todo corazón, como Palmiro Cavallasca, podría ser su amigo algún día, o quizá que alguna vez tendría una maestra tan dulce y buena como “la Jacinta”...Para Nelson Vallejos, durante un corto lapso de tiempo, “Señorita Maestra” fue casi toda su infancia, y las notas del “Visú-Visú”, le representaban una melodía más cara a su corazón que la Novena Sinfonía de Beethoven.

Pasaron los años, y Nelson creció. Por suerte, pudo mudarse a Estelí para finalmente estudiar y hacerse hombre de provecho. Como todo nicaragüense, resistió y salió adelante y hoy es una persona de bien, para quien los malos ratos, sólo son un recuerdo. Pero , allí, escondido en su corazón, hay una invocación.nada ingrata de sus años de infancia: la de “Señorita Maestra”, la de las travesuras de Siracusa y la sonrisa de Jacinta Pichimahuida, la de la vuelta del campo para encender el televisor y ver, en un televisor blanco y negro por el que se colaban la fantasía y la esperanza, al aula de las blancas palomitas de Cristina Lemercier, ese aula al mismo tiempo mítica y real, a la que buena parte de los Latinoamericanos soñábamos ingresar algún día.

Sin embargo, Nelson les contará esta historia mejor que yo. Yo hice solamente de presentadora. Aquí me cayo yo, para que puedan ahora, oír su voz
Mi historia personal con la telenovela “Señorita Maestra”
El ambiente.
Tendría entre 10 y 12 años de edad, residía en una zona rural ubicada al norte de Nicaragua[1], cerca de Honduras. Finales de la década de los años 80, se vivía una guerra desgarrarte en mi país. Siendo niño, en las vacaciones ayudaba a mi papá en las labores agrícolas orientadas al cultivo del café, granos básicos, frutales y un poco de ganadería, todo eso combinado con el entorno militar.
Un lujo: Teníamos televisión.
Donde vivíamos, por fortuna, había energía eléctrica, un verdadero lujo y más aún tener un televisor. Con trozos de alambre de aluminio y tramos de madera en rollo nos inventamos una antena para captar señal, la ubicamos y conectamos el viejo televisor marca ELCA, pantalla en blanco y negro de 28 pulgadas, una reliquia. Al inicio no obteníamos ninguna señal, pero tras varios días de intentos fallidos (mejorar la “antena”, darle más altura y cambiar la ubicación), logramos captar de buena manera la señal de un canal hondureño: Canal 5, El Líder.
No conformes seguimos luchando por obtener señal de canales nicaragüenses pero fue imposible. “Ni modo” – dijimos – “miremos Tv hondureña”. Y quiso la vida que así fuera porque gracias a ello fue que tuve la oportunidad y el privilegio de pertenecer a la generación que pudo ver, en su momento histórico, un verdadero clásico y joya de la televisión: La telenovela “Señorita Maestra”.
La Telenovela.
Al inicio me costó trabajo agarrarle el hilo pues ya estaba iniciada. “Señorita Maestra” era transmitida de lunes a viernes de 1:00 PM a 2:00 PM. Ya a las 12:50 PM con mi hermana mayor buscábamos un par de sillas y en la sala de la casa nos sentábamos formalmente a esperar la telenovela. Era una alegría mayor cuando la anunciaban: “A continuación su telenovela: Señorita Maestra” e iniciábamos a silbar la canción de entrada. ¡Qué momentos aquellos!

Recordar detalles tan exactos como los que aparecen en el blog de Vanesa, aunque quisiera, resulta imposible para mí. Pero cómo no recordar a la maestra Jacinta. Utilizando esa dialéctica educativa que sólo un buen maestro puede lograr, mantenía con firmeza el orden en la clase, imponía respeto y hacía ver claramente que ella era la guía. Pero también inspiraba paz y ternura, confianza y flexibilidad. Era una amiga para los alumnos y un alivio para quienes la mirábamos por el cristal de la TV.
Etelvina y sus caprichos, Cirilo y su amor platónico por ella. Imposible olvidar al portero, siempre con una mirada dulce y tierna, dando concejos y brindando algo de cariño. Cirilo sólo le decía: “Cosas de la vida”. Tan pequeño y ya sufría. El muchachito Siracusa y sus infaltables travesuras. La romántica Carola envuelta en ese mundo mágico del amor, la ternura… y la comida.

Salvo algunas imágenes remotas y tímidas, no recuerdo mucho de Daniel Kokimoto ni de Meche, pero sí de Palmiro Cavallasca, el muchacho buenote, de gran sentimiento pero de muy lento aprendizaje, amigo fiel y siempre dinámico, muy inteligente para otras cosas, menos para las clases como decimos por acá.
El impacto.
Poco a poco la telenovela me fue envolviendo hasta hacerme su admirador. En ese entonces mi niñez estuvo enfrascada principalmente en el trabajo agrícola (muy duro por cierto), la creciente radicalización del conflicto bélico y las privaciones que la pobreza trae consigo. Sin amigos de mi edad con quienes compartir, jugar o soñar y llevando una vida casi de adulto, “Señorita Maestra” se volvió mi válvula de escape.
Con ella pude desprender toda esa energía pues, imaginariamente, sentía que era yo quien estaba dentro de esa novela, que era mi vida relatada, yo quería estar ahí… ¡y en verdad lo estaba! ¿Quién era mi personaje favorito? Pienso que Cirilo por varias razones a parte de las evidentes para sentir cariño por él: el color de mi piel y mi timidez de entonces me hacían pensar “me parezco a él”. Incluso en una ocasión, estando en primero o segundo grado, (mucho antes de ver la novela) me gustó mucho una compañera de clases, muy linda. Luego desapareció y la volví a ver unos 9 años después, la reconocí pero nunca le dije nada.

Señorita Maestra resultó ser el equivalente de esa compañía que de niño se quiere y se necesita. Era distracción y felicidad: un oasis de tranquilidad en medio de la cruda realidad circundante, en medio de una guerra. Pienso que con la telenovela coincidimos en momentos exactos y oportunos. Si la hubiera visto en un entorno distinto quizá la recordaría y con algo de cariño, hasta ahí no más. Pero la situación fue distinta, yo necesitaba algo y ella me lo proporcionó, y con aquella sed ávida yo bebía a diario cada capítulo en busca de saciar esa necesidad interior.
A diario enfrentaba un problema: faltando un cuarto para las dos de la tarde, tenía una tarea asignada con el ganado. Recuerdo que esperaba a que terminara una sección del capítulo y salía corriendo al campo a cumplir con la tarea. Cuesta arriba, sudado y lleno de cansancio regresaba justo a ubicarme frente a la tele. Hubo veces que alcanzaba a mirar los últimos segundos del capítulo, otras veces sólo la canción de cierre, mayormente no le miraba el final. Pero ahí estaba mi hermana mayor para contarme esos últimos minutos de vida.

Los senderos solitarios de la montaña, los cafetales y sus árboles frutales, el beneficio de café húmedo, los pájaros, la carretera, en fin, el paisaje entero fue testigo de mis silbidos y cantos solitarios rindiéndole tributo a “Señorita Maestra”.
La despedida.
Las “vacaciones” terminaron y un viaje de siete horas me esperaba. Debía viajar a Estelí por dos razones: salir de una zona de combates y asistir a clases. Me alegraba saber que, con sus más o con sus menos, quizá tendría mi propia “Señorita Maestra”. Pero me dolía dejar la novela, sus historias, sus momentos felices y momentos tristes, sus personajes, dejar esa vida ya construida. No pude ver el inicio y ahora tampoco miraría el final.
Estando en Estelí percibía aquel vacío por dentro que difícilmente se explica y, cuando llegaba la una de la tarde, sentía que algo tenía que hacer. Me imaginaba sentado en la sala viendo la novela con mi hermana mayor. En Nicaragua las televisoras nunca transmitieron esa telenovela. Tiempo después vi “Carrusel” y más adelante “Carrusel de las Américas” en canales nicaragüenses pero ya no fue lo mismo para mí, pues veía aquello como una burda imitación y yo quería a “mi Jacinta”.
Año con año, en diferentes momentos, regresaba a Jalapa pero la hora de 1 a las 2 de la tarde nunca fue la misma. Preguntaba a algunos chavalos conocidos por la novela pero ¡qué va! La había perdido para siempre… hasta hace poco. Gracias al blog de Vanesa y su gentileza, he recuperado la joya perdida. He rescatado del olvido ese fragmento de niñez extraviada.
Allá a lo lejos, en el fondo de una montaña al norte de Nicaragua, quien podría haberse imaginado que, quizá al igual que muchos otros lugares, “Señorita Maestra” también hacía soñar y cantar a un niño solitario.
Nelson Vallejos
Viernes 12 de junio de 2009
Estelí, Nicaragua, C.A.
[1] Comunidad El Portillo, municipio Jalapa, departamento Nueva Segovia, a 300 kilómetros de la capital Managua. Esta comunidad está ubicada siete kilómetros al norte de Jalapa, a tan sólo unos 25 kilómetros de la frontera con Honduras.
FOTOS: Todas pertenecen al archivo de Nelson Vallejos. En la primera, se ve la ubicación del município de Japala en el mapa general de Nicaragua, y en las restantes aparece retratado el propio Nelson, y la región donde , a través de la televisión de Honduras, pasó los momentos más dulces de su infancia viendo "Señorita Maestra".